Comida en la Ofrenda de los Huehuentones

Museo Nacional de Antropología,

23 de octubre de 2016

 A los lectores de este blog de Alimentación en tlecuil les preguntaría: ahora que ya estén muertos, ¿qué les gustaría que les llevaran para aspirar la gracia de sus alimentos favoritos en estos días que se aproximan? Algunos pensarán en bebidas y comidas deliciosas que se encuentran en el mercado “Benito Juárez” de Oaxaca, por ejemplo, chocolate con pan de huevo o unos frijolitos con tasajo y tortillas recién hechas, de ésas de maíz Bolita o de maíz Pepitilla. Otros recordarán los molitos característicos de ese estado: amarillito, coloradito y negro, acompañados de un buen mezcal. Efectivamente, estos alimentos son lo que muchos identificamos como “la comida de Oaxaca”, pero en este rico estado de la República, habitan más de 1 203 150 hablantes de alguna de las 15 lenguas que se mencionan en la Constitución de la República (Datos de INEGI, 2010). Por ello, es el estado más diverso en cuanto a pueblos indígenas se refiere y con mayor número de hablantes de una lengua distinta al castellano.

12En las guías de turistas se reconocen siete regiones cuyos bailes representativos se “ponen en escena” durante la fiesta denominada “Guelaguetza”. Sin embargo, los pueblos indígenas de Oaxaca son más de 18. Consecuentemente, la comida del estado es mucho más rica de lo que indican los medios turísticos y de ello tuvimos una probadita el 23 de octubre pasado, cuando las autoridades y los trabajadores del Museo Nacional de Antropología se constituyeron 3en un gran anfitrión para abrir sus puertas a Huautla. Para lograrlo, se esmeraron en construir un escenario consistente en una casa tradicional, un solar y un retazo de panteón donde recibieron a un grupo de pobladores de Huautla de Jiménez, mejor conocido como Huautla de María Sabina, tierra mágica enclavada en la sierra Mazateca (1934 msnm), al norte de Oaxaca.  

4Junto con la música, a cargo de un grupo de instrumentistas jóvenes (tambor, violines, vihuela, güiro), el incienso y la luz de las 13 velas de cera de abeja, que traen consigo el espíritu e los difuntos, se ofrecieron ricas viandas propias de esta tierra que surge cotidianamente entre nubes y montañas.

Para comprender el contexto de la celebración es fundamental el papel de los huehuentones, que es la manera de llamar a los muertos que regresan, en Huautla. Si bien éste es un nombre de origen náhuatl que se refiere a los viejos, también hay un término en mazateco cha´ so h´o, que quiere decir, “la gente del ombligo”. Ellos tienen permiso de regresar del Más Allá, desde el 26 de octubre al 5 de noviembre; durante esas fechas comparten con los vivos casas, calles, iglesias y panteones (Rubio y Campos, 2016: 16).

5

6De acuerdo con la concepción que han encontrado diversos investigadores, lo que se celebra en Todos Santos es un ritual de retorno, de estrecha relación con el ciclo agrícola: “los huehuentones pueden fecundar la tierra, para renacer en el maíz y los hongos” (Mendoza, 2005 cit. en Rubio y Campos, 2016).

 

78

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

9

10

Después de la consagración del altar doméstico y de la limpieza y ofrecimiento de ceras, flores y copal en el panteón simulado, los huehuentones que protagonizaron el rito del retorno en el Museo atravesaron el panteón y danzaron ante la casa. Tras ello, invitaron al público asistente a bailar con ellos, lo cual duró un buen rato.

11

Los rituales del MNA

     Previamente, algunas de las piezas centenarias que guarda la Subdirección de Etnografía en su acervo se llevaron en charolas y plataformas al altar y casa para que ocuparan la función que tuvieron alguna vez, antes de ser colectados. Quizá también ellos hallaron un aliento de vida al convivir con música, copal, velas, flores, danza y con la presencia de tanta gente.12

 

 

 

 

 

13

Éramos más de mil los que asistimos esa tarde de otoño, ya airosa y fría; algunos fueron a recordar la tierra lejana, pues había numerosas familias de Oaxaca que residen en la Ciudad de México; otros asistimos para vernos rebasados por la complejidad del ritual que se posesionó de esa Huautla virtual por más de dos horas.14

El subdirector, los curadores y custodios de las salas del sur de México, de la Subdirección de Etnografía, iban y venían cuidando de todos los detalles: que los huautlecos tuvieran espacio para cumplir con su papel; que aquellos familiares que sacaron artesanías para vender a un lado de la explanada, fueran respetados; que las filas para comer tuvieran orden; que se distribuyeran adecuadamente los folletos que se elaboraron ex profeso para la ocasión.

 

 

1516

 

 

 

 

 

 

 

Los vigilantes del Museo se comunicaban con sus radios para cuidar del flujo general de personas en este respetable y delicado espacio, que es el MNA.

¡A comer!

    Los formamos “en fila india”; éramos cientos de asistentes los que quisimos compartir la comida. Unas diez mujeres, algunas con sus bellos trajes huautlecos y otras con los jeans y camisas ligeras, propias de las asistentes del Museo, nos servían con gran paciencia y puntualidad: atole blanco de maíz agrio macerado por tres días —según nos dijo una de las asistentes—, al que se agregaba un chorrito de pipián entre verde y cafesoso, y unos cuantos frijoles de la olla con lo cual resultaba una bebida fresca, sabrosa y que pesaba en el estómago. El segundo platillo en orden de aparición fueron unos sopecitos con quelites deliciosamente guisados con jitomate y chile verde, que picaban de manera muy sutil. Después seguía el atole con chocolate y masa, y los tamalitos rojos con carne de puerco.17

Al final nos convidaron de un plato con rebanadas de chayote de espina hervidos, lo cual tenía un sabor muy alejado de los chayotes que consumimos en la Ciudad de México: acusaban su origen herbal, pero tenían un ligero sabor a papa o castaña cocida, o tal vez recordaban alguna tierra sembrada de honguitos. No sabría decir si era una verdura de acompañamiento o un postre.

En la ofrenda que se colocó sobre la mesa de la casa había frutas entre las que predominaban plátanos y guayabas, y por ahí me comentaron que había aguardientes frutales de los que sólo se daban probaditas en copitas hechas de caña.

Conforme la música calló y la comida se fue acabando, los visitantes del Museo nos fuimos alejando. En la puerta nos despedimos de las autoridades de Huautla que habían participado, y que respondieron con cierta extrañeza, como si no fuésemos del pueblo de Huautla del que tanto habíamos disfrutado. Al parecer, cada quien se fue rumiando sobre sus propias ceremonias del retorno. Así partimos convocados a la muerte “con sabor” en esta tarde de otoño.

Carmen Morales V.

18